
En el marco del 50 aniversario sacerdotal de Mons. Manuel Fernando Pachicano Llaca, medio centenar de peregrinos de la Diócesis de Saltillo recorrieron importantes santuarios de Europa. Entre oraciones, celebraciones eucarísticas, largas caminatas y encuentros fraternos, vivieron una experiencia que fortaleció su fe y los hizo portadores de las intenciones de numerosas familias.
Saltillo, Coahuila, 21 de octubre de 2026. — Con el corazón agradecido, nuevas amistades y una fe renovada, concluyó la Peregrinación a los Santuarios Marianos 2026, realizada con motivo del 50 aniversario de ordenación sacerdotal de Mons. Manuel Fernando Pachicano Llaca, quien el pasado 3 de septiembre celebró medio siglo de entrega generosa al servicio de Dios y de su Iglesia.

Fueron 50 peregrinos de la Diócesis de Saltillo quienes emprendieron este camino de fe por Europa. Entre ellos participaron familiares del sacerdote, feligreses de la Parroquia de San Patricio Misionero, comunidad donde actualmente ejerce su ministerio pastoral, así como integrantes de la Parroquia del Santísimo Cristo del Ojo de Agua y del apostolado Familias Unidas en María (FUEM).
Pero esta peregrinación no comenzó solamente con las maletas preparadas y los boletos de avión. Comenzó mucho antes, cuando familiares, amigos, enfermos y personas necesitadas confiaron a los viajeros sus preocupaciones, agradecimientos y peticiones.
Cada peregrino llevó consigo mucho más que equipaje: llevó las intenciones de quienes, aun permaneciendo en Saltillo, también peregrinaron espiritualmente a través de sus oraciones.
Tras las huellas de la fe y bajo la mirada de María
El recorrido inició el 5 de octubre y llevó a los participantes por Italia, Bosnia-Herzegovina, Francia, España y Portugal, visitando lugares profundamente vinculados con la historia del cristianismo, la espiritualidad mariana y el testimonio de numerosos santos.
Roma fue uno de los primeros grandes encuentros espirituales. La participación en la audiencia papal, la visita a la Basílica de San Pedro y el recorrido por las grandes basílicas de la Ciudad Eterna permitieron a los peregrinos experimentar de manera especial la universalidad de la Iglesia y la comunión con el sucesor de Pedro.
En Asís, la memoria de san Francisco y santa Clara recordó que la verdadera riqueza del cristiano se encuentra en la sencillez, la fraternidad y el seguimiento radical de Jesucristo. La visita a los lugares vinculados con san Francisco y san Carlo Acutis ofreció una oportunidad para reconocer que la santidad sigue siendo una invitación actual.
El camino continuó hacia Medjugorje, en Bosnia-Herzegovina, donde los momentos de oración, recogimiento y contemplación invitaron a profundizar en la conversión del corazón y en la confianza en la intercesión maternal de María.
Posteriormente, en Francia, los peregrinos visitaron la Capilla de la Medalla Milagrosa, en París, y el Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, donde la Gruta de Massabielle y la tradicional procesión de las antorchas se convirtieron en experiencias especialmente conmovedoras.
En Lourdes, las luces de las velas parecían representar las numerosas intenciones llevadas desde México: súplicas por la salud, lágrimas por situaciones familiares, agradecimientos y esperanzas confiadas a la Santísima Virgen.
El itinerario también incluyó Zaragoza, con la visita a la Basílica de Nuestra Señora del Pilar, y Fátima, en Portugal, donde los peregrinos encontraron nuevos espacios de silencio, oración y confianza en el amor de Dios.
El recorrido se enriqueció con visitas a sitios históricos y culturales como el Vaticano, París, Versalles, Madrid y Lisboa, descubriendo en el patrimonio artístico de Europa numerosos testimonios de la historia y la presencia del cristianismo.
Cincuenta años de sacerdocio celebrados en el camino
La peregrinación adquirió un significado particularmente entrañable por la celebración del jubileo sacerdotal de Mons. Manuel Fernando Pachicano Llaca.
Sus 50 años de ministerio no fueron conmemorados únicamente con un acto festivo, sino a través de una experiencia de oración, convivencia y acompañamiento espiritual de quienes han formado parte de su historia sacerdotal.
Durante el recorrido, el padre Pachicano presidió celebraciones eucarísticas y acompañó momentos de oración y rezo del Santo Rosario.
A esta misión espiritual se sumó el Pbro. José Ignacio Flores Ramos, Padre Nacho, párroco del Santísimo Cristo del Ojo de Agua, quien también acompañó a los peregrinos durante este caminar.
La presencia de ambos sacerdotes permitió que el recorrido turístico adquiriera una dimensión profundamente pastoral, haciendo de la Eucaristía, la oración compartida y el encuentro fraterno el corazón de esta experiencia.
Porque celebrar cincuenta años de sacerdocio es también reconocer los incontables rostros, historias, alegrías y sufrimientos que han acompañado una vida consagrada al Evangelio.
Una oración especial por el papa León XIV
Uno de los momentos más significativos se vivió cuando, durante la peregrinación, el grupo recibió la noticia de la intervención quirúrgica a la que fue sometido el papa León XIV el 13 de octubre.
La noticia adquirió una resonancia particular entre quienes apenas unos días antes habían tenido la oportunidad de verlo y escucharlo durante su estancia en Roma.
La preocupación por su salud se transformó en una oración más intensa y confiada. En Lourdes y Fátima, los peregrinos elevaron súplicas especiales por su recuperación, encomendando su ministerio y su salud a la protección maternal de la Virgen María.
De esta manera, la comunión con el Santo Padre, experimentada primero en la cercanía física durante la audiencia, se prolongó espiritualmente a través de la oración.
También las dificultades se convirtieron en ofrenda
Peregrinar significa caminar, y caminar implica esfuerzo.
Durante estas jornadas, los participantes recorrieron un promedio de 5.4 kilómetros diarios. Las largas caminatas, el cansancio, las ampollas y los dolores físicos formaron parte de una experiencia que estuvo acompañada de entusiasmo, perseverancia y sentido espiritual.
Cada paso podía convertirse en una pequeña ofrenda por quienes habían confiado sus intenciones.
Tampoco faltaron los contratiempos propios de un viaje de esta magnitud. Algunos peregrinos extraviaron objetos personales e incluso se presentó la pérdida de un pasaporte, situaciones que finalmente pudieron solucionarse.
Estas dificultades ofrecieron también una oportunidad para cultivar la paciencia, la solidaridad y el apoyo mutuo, recordando que la peregrinación no consiste en encontrar un camino libre de obstáculos, sino en aprender a recorrerlo con fe.
El paso de los días permitió fortalecer vínculos de amistad entre personas que, al iniciar el recorrido, apenas se conocían. La convivencia cotidiana, las conversaciones, los momentos de alegría y las experiencias compartidas fueron construyendo una verdadera comunidad peregrina.
Una organización que favoreció el encuentro espiritual
Los participantes destacaron la organización de los vuelos, hospedajes, transportación terrestre y visitas programadas, elementos que favorecieron una experiencia ordenada y agradable, a pesar de los constantes desplazamientos entre ciudades y países.
La calidad de los servicios y la atención durante el recorrido permitieron que los peregrinos dedicaran buena parte de sus energías a disfrutar los lugares visitados y, especialmente, a vivir el sentido espiritual de cada jornada.
Regresaron los peregrinos, pero continúa el camino
Al concluir esta peregrinación, el balance va mucho más allá de los kilómetros recorridos, las ciudades conocidas o las fotografías conservadas como recuerdo.
Quedan las lágrimas derramadas ante la Virgen, las oraciones elevadas en silencio, las enfermedades y preocupaciones familiares confiadas a Dios, los abrazos compartidos y la alegría de haber encontrado nuevos hermanos en la fe.
Queda también la gratitud por los cincuenta años de ministerio sacerdotal del padre Manuel Fernando Pachicano Llaca, cuyo jubileo fue ocasión para celebrar el don del sacerdocio y reconocer la presencia de Dios en una vida entregada al servicio de su pueblo.
Los cincuenta peregrinos volvieron a sus comunidades con una misión renovada: compartir la esperanza recibida, fortalecer la vida de oración y llevar a sus familias y parroquias algo de la paz experimentada en los santuarios.
Porque el verdadero fruto de una peregrinación no se mide solamente por los lugares visitados, sino por aquello que Dios transforma en el corazón de quienes se ponen en camino.
La peregrinación terminó, pero la experiencia de fe continúa. Y aquellas intenciones que salieron de Saltillo en las mochilas de los viajeros regresan ahora envueltas en oración, fraternidad y esperanza.






























