Homilía de Mons. Hilario González García en el 135 Aniversario de la Diócesis de Saltillo
Santa Iglesia Catedral de Santiago Apóstol, Saltillo, Coahuila. 23 de junio de 2026.
Acción de gracias por 135 años de historia y esperanza
Pues este aniversario de vida de nuestra Diócesis Saltillo es ocasión para darle gracias a Dios por todas sus bendiciones, como ha sido pródigo en bendecirnos, acompañarnos, guiarnos a lo largo de estas décadas, hacer un alto para reconocer esta historia, agradecerla, para también renovar fuerzas y renovar nuestra identidad diocesana, sabiendo que tenemos un plan diocesano de pastoral que va guiando nuestros pasos y que también nos va orientando hacia el futuro.
Una oportunidad para la esperanza, para si Dios ha estado con nosotros en el pasado, si Dios está ahora, aquí y ahora en el presente, seguramente en sus manos seguiremos estando en lo que viene en el futuro. No podemos darnos por vencidos en torno a lo que nos amenaza o nos confunde, o aquello que nos puede dar miedo, nos puede inquietar. Estamos en manos de Dios y somos un pueblo peregrino que quiere instaurar el Reino de Dios aquí en la tierra, guiados obviamente por el Espíritu Santo, movidos por ese Espíritu Santo, teniendo a Jesús como nuestro modelo de vida, sabiéndonos protegidos por nuestro Padre Dios, nuestra Madre Santísima, que bajo la advocación de Guadalupe, pues le tenemos un gran cariño.
Darle gracias a Dios y ofrecerle también nuestros esfuerzos y afanes, poner delante de Él nuestras necesidades, cada uno, cada comunidad, cada familia, la parroquia, sacerdotes, vida religiosa, diáconos, laicos, etc.
Pueblo peregrino de Dios que camina unido
Descubrirnos, así como familia de Dios que se sabe acompañada, que se sabe protegida, que se sabe bendecida para poder realizarse plenamente. Y también pues Cuerpo Místico de Cristo. Y es lo que yo quisiera hoy que reafirmáramos y renováramos como Iglesia diocesana, pueblo peregrino de Dios que no camina cada quien, por su lado, no somos una masa que va caminando por una calle, por una venida, cada quien, con su proyecto, cada uno de manera individual o individualista y de manera egoísta, viviendo su vida. Este pueblo peregrino de Dios que es solidario, que nos vamos ayudando mutuamente.
Compartir el pan, el techo y el vestido
La primera lectura (Is 58, 7-10), nos ayuda a reafirmar esa característica de nuestra diócesis. Queremos compartir el pan con el que no lo tiene, abrir nuestra casa para aquel que carece de techo, poder ayudar a aquel que carece de vestido. Queremos con las obras de misericordia, con la solidaridad con el menos favorecido, hacer patente que vamos caminando juntos, que somos Iglesia y caminamos juntos.
Ojalá que todos los que estamos aquí, que seguramente somos católicos de hueso colorado, vivamos esta realidad de solidaridad. Queremos vencer ese individualismo egoísta o ese egoísmo individualista que hemos identificado como problema fundamental, con un altruismo no solamente humanista, sino solidario, compasivo, misericordioso, a semejanza de Jesús, como Él nos ha ido tratando, como nuestro Padre Dios también nos ha ido dando pan, techo, vestido, nos ha ido auxiliando para no perecer.
Que seamos un pueblo peregrino, que sabemos a dónde vamos y que nos vamos ayudando. Por aquí hay personas que compartimos el año pasado una peregrinación jubilar y ahí íbamos todos caminando y algunos que estábamos más cholencos y ya que estábamos medio dados al catre, pues nos tenían que esperar, no nos podían dejar ahí solillos, salvo las señoras en las tiendas es así, no hacen caso, por más que les diga son 15 minutos, como quiera se pasan comprando todos como 20, media hora. Pero bueno, ese no es el tema.
En una peregrinación nos vamos esperando, nos vamos acompañando, vamos cuidándonos unos a otros para que todos lleguemos al lugar santo, para que todos cumplamos con esa peregrinación. Pues bien, nuestra diócesis tiene que ser ese pueblo peregrino de Dios que se acompaña, que no deja a nadie atrás, que no deja nadie a su suerte, que nadie dice: esta es mi peregrinación y yo solamente la voy a cumplir. Sino que todos seamos ese pueblo que se ayuda solidaria, compasiva y generosamente.
Un solo Espíritu, muchos dones
Somos también el Cuerpo Místico de Cristo y la segunda lectura (1 Corintios 12, 3-7), nos ayuda para eso. Muchos dones, un solo Espíritu, muchos servicios, un solo Señor, muchas acciones, un solo Dios que actúe en todos nosotros.
Tenemos como ideal, como sueño para nuestra diócesis, que este pueblo peregrino de Dios también integre armónicamente los dones, los servicios o ministerios, los carismas, las acciones pastorales de todos. No vamos cada quien haciendo lo que puede a la buena de Dios, sin integrarnos.
Creemos y reconocemos que tenemos muchos dones, pero es un solo espíritu el que nos lo reparte y esos dones nos los reparte para el bien común. Nadie es dueño de ese don, es responsable de él, de cultivarlo, de producir frutos, pero tiene que compartirlo, tiene que ponerlo al servicio de los demás.
Nadie se puede posesionar de su ministerio consagrado o laical. Tenemos esa conciencia de que es un don, un regalo del Señor que nos confía para ponerlo al servicio de los demás. Si son muchos los servicios, el modelo de servidor es el Señor Jesús, que no ha venido a ser servido, sino a servir a los demás, a poner lo que sabe, lo que siente, lo que ve, al servicio del bien común.

Incorporarnos al Cuerpo Místico de Cristo
Ojalá que nosotros también reforcemos en nuestros ministerios, en nuestros dones, en nuestros carismas, esa unidad y finalmente las acciones. A veces nos podemos cansar, a veces nos podemos sentir aturdidos, sabemos que la chamba nos sobrepasa a sacerdotes, religiosas, a laicos, y podemos pensar que somos nosotros los que estamos haciendo las cosas de manera individual, de manera solitaria, y ¡no es así!
Muchas acciones, sí, pero un solo Dios que actúa en todos y que nos va acompañando a todos. Un solo Dios que anima el corazón de cada uno de nosotros para que seamos generosos, para que compartamos esa vida de gracia que el Señor nos confía.
Dice también que este cuerpo se va integrando para reflejar a Cristo. Lo decíamos en la oración colecta, que esta Iglesia sea signo e instrumento de Cristo presente, Cristo salvador, Cristo que redime.
Y esa es la clave también de nuestra pastoral, incorporarnos, volvernos Cuerpo de Cristo, no solamente con una filiación de una boleta de bautismo, no solamente cumpliendo con ciertas pláticas o reflexiones o ciertos cursos para tener esa cartilla de pertenencia.
Incorporarse es sentirse parte de ese cuerpo y tener esa función, cada uno de acuerdo a los dones que ha recibido, a las gracias que tiene, al ministerio de que ha sido instituido.
Nos alimentamos de la Pan de la Palabra y el Pan de la Eucaristía y mediante el Evangelio y la Eucaristía nos incorporamos, compartimos el ADN de Cristo, todo lo tenemos, así como cada célula del cuerpo humano tiene la mismo ADN para todos, pero cada uno, cada miembro, cada sistema tiene su función.
Cada uno de nosotros hace presente a Cristo en esa función, en esa vocación, en ese ministerio, en ese carisma. Por eso es importante nuestra participación, escuchando la Palabra, meditándola, guardándola en el corazón y comulgando, porque ahí nos incorporamos, ahí nos volvemos parte de este Cuerpo Místico de Cristo.
Y al salir de aquí, de la celebración, poderlo reflejar en el mundo. Que la gente nos identifique como cristianos por la manera de hablar, por la manera de actuar, por la manera de pensar, de sentir, de tratarnos, que seamos un buen testimonio de que Cristo está aquí, sigue estando presente en la Iglesia, pero también en el mundo.
La Iglesia como familia de Dios
Y la tercera, pues es la familia de Dios, la tercera característica que queremos renovar y que estamos trabajando en esta fase de dignidad, de fraternidad, para establecer estos vínculos que nos hermanan y que nos hacen sentirnos familia de Dios.
Que nadie se sienta extraño, que nadie se sienta aparte una casa y escuela de comunión, lo hemos meditado antes, esta casita sagrada de la que habla la Virgen de Guadalupe, que cada comunidad, cada sector, barrio, cada grupo, movimiento, se sienta familia de Dios.
Que nadie trabaje solamente para sí mismo, individualismo egoísta, sino que trabaje para la familia, para compartir los dones, los carismas, los ministerios.
Sal de la tierra y luz del mundo
Creo que el Evangelio nos ayuda a entender esta familia de Dios, que, bajo la acción de nuestro Padre Dios, iluminados por el Espíritu y teniendo a Jesús como modelo de luz y de quien le da sabor a la vida, también nosotros, una familia que se convierte en sal de la tierra, una familia que le da esta identidad, este perfil a las acciones y a los servicios de la Iglesia.
Ojalá que todos los que estamos aquí a sentirnos familia de Dios tengamos esa sal que preserva del mal. A veces nos quejamos de este ambiente difícil, adverso, confuso, indiferente, agresivo. Pues nosotros hemos de poner nuestra sal.
Lo peor que le puede pasar a la sal es ser insípida, perder esa cualidad y no podemos darnos por vencidos, tenemos que seguir salando este ambiente en el que vivimos para que el mal sea vencido por el bien y no el bien, sea acorralado o sea encapsulado de manera individual.
Tenemos que vencer el mal a fuerza de bien y la sal también, esa tonalidad, ese perfil a las acciones o a la presencia de la Iglesia en el mundo.
Y bueno, como buenos mexicanos, no solamente sal, es con salsita también, ¿Verdad? Hay que ponerle salsa, hay que hacerlo con alegría, con generosidad, con ánimo, ¿Verdad?
Yo decía que me llama la atención que a veces que imparto la confirmación, parece que estoy impartiendo la unción de los enfermos, todos con la cara tristes o ausentes, ¿Qué está pasando aquí? Y pues es al revés, se supone que estamos en una unción del Espíritu que nos anima, que nos fortalece, que nos lleva alegría, paz, bondad y tenemos cara de huarache.
No se puede así, hay que ponerle salsita también del Evangelio a nuestras acciones. El Papa Francisco hablaba de las caras agrias o de las caras de policía. Pues no, ¿Verdad? Pues vamos a tratar de que seamos una familia donde todo mundo se sienta bien recibido, protegido, acompañado.
Una ciudad que acoge y una luz que ilumina
Y ahí está la segunda figura, la de ser la luz. Dice el Evangelio que es como una ciudad de lo alto de un monte. Ojo, no es una ciudad prepotente, no es una ciudad privilegiada que se aparta de los demás y los hace menos, es una ciudad que acoge, que recibe, que ofrece protección, que ofrece seguridad, que ofrece ese pan, ese techo, ese vestido, ese ánimo.
Que en esa ciudad, en esa casa que está en lo alto de un monte somos bien recibidos, donde no hay un gesto amenazador, donde no hay una opresión, donde no hay una palabra hiriente, sino todo lo contrario, donde la fraternidad se respira, donde el buen ánimo de servirnos, ayudarnos, es lo que cunde en esa ciudad.
Y queremos estar en esa ciudad no como un privilegio, sino como un lugar de donación, de generosidad.
Y nadie enciende en una casa una luz abajo de la cama. Y a veces tenemos esa tentación.
Tal vez muchas de nuestras acciones pastorales, tal vez muchas de las acciones de los grupos, movimientos, son abajo de la cama, son nada más para nosotros mismos, para tener nuestra supervivencia como grupo, movimiento, como parroquia, como casa religiosa.
Oigan, la luz no se esconde abajo de la cama, se pone en un candelero para iluminar a todos en la casa, para que todos puedan ver lo que el Señor está haciendo con la luz de cada uno de nosotros.
Por favor, abramos esa perspectiva de ser luz no solamente para nosotros, mi grupito, mi equipito, mi movimiento, mi lugar de pertenencia. Seamos una luz para toda la diócesis, para toda la Iglesia, esta Iglesia universal que se hace presente, la una, santa, católica, apostólica, aquí en esta realidad de la diócesis de Saltillo.
Y que cada uno brillando no sea a poco individualista, es mi luz, es mi privilegio, es mi acción. No, es para darle gloria a nuestro Padre Dios, que es el que nos permite brillar, que es el que nos anima a ser como Jesús, luz del mundo.
Sigamos caminando juntos
Pues bien, hermanos y hermanas, si los anime o no, más o menos, bueno, oigan, pues sí también están, pues vamos a echarle ganas, ¿Verdad?
135 años, hay que seguirle otros 250, 300.000, 500.000, 2.000, 500 años, no sé cuántos sean, pero lo importante es que esta generación que estamos viviendo, este tiempo privilegiado, año jubilar, año de Guadalupe, los 500 años, 2000 años en el 33, los vivamos con esa intensidad del amor de Dios, esa intensidad de Jesús que está actuando en cada uno de nosotros, esa intensidad del Espíritu Santo que está moviendo los corazones de todos nosotros.
Seamos ese pueblo peregrino, esta familia de Dios, este cuerpo místico de Cristo que da buen testimonio del Evangelio aquí en la tierra.
Felicidades a todos.






































