Inicio Saltillo Diócesis de Saltillo Una peregrinación que renueva la fe. El llamado de Mons. Hilario.

Una peregrinación que renueva la fe. El llamado de Mons. Hilario.

“Como María somos Iglesia, que recibe y comparte la fe”

Misa de la Peregrinación Diocesana
 135 Aniversario de la Diócesis de Saltillo
 Basílica de Guadalupe
 8 de julio de 2026

Introducción: Peregrinos a los pies de Santa María de Guadalupe

• Venimos como peregrinos a los pies de la Virgen María de Guadalupe, para dar gracias a Dios por los 135 años de existencia de nuestra Diócesis de Saltillo. Reconocemos las bendiciones de Dios que nos han forjado como casa y escuela de comunión para ofrecer la alegría del Evangelio en nuestra comunidad diocesana.

• Agradecemos a María Santísima, nuestra Señora de Guadalupe, su presencia amorosa que nos ha cuidado y nos ha animado a responder al llamado de la fe.

• Venimos como familia de Dios, deseando que esta peregrinación fortalezca los vínculos de hermandad que ya tenemos, y pedirle a la Virgen que nos asista con su intercesión para seguir estableciendo los lazos de ayuda mutua y pertenencia que hacen falta en nuestra diócesis.

Como María somos Iglesia

• María, Madre de la Iglesia, Madre de cada fiel que desea aprender de Jesús para vivir según sus enseñanzas. Como María, nuestra Iglesia diocesana desea salir al encuentro de las personas para conducirlas al Señor, verdadero Dios por quien se vive. Como María, nuestra diócesis ha recibido el Evangelio a lo largo de estos 135 años y lo ha compartido con los habitantes de nuestra comunidad.

• En María de Guadalupe encontramos a Jesucristo, quien es la gracia del camino y de la verdad; en ella descubrimos que la Palabra se hace carne y habita entre nosotros para ser Camino y Verdad en nuestro peregrinar. María nos enseña a permanecer en la plenitud de gracia y a conducirnos según la Verdad que hemos recibido y guardado en nuestro corazón.

• Como María, la Madre del Señor, somos Iglesia de rostro materno que ofrece el amor a Dios y al prójimo, el temor reverencial al Señor, el conocimiento cierto que nos trae paz, la santa esperanza que nos mantiene activos en el apostolado.

Hemos recibido el don de la fe

• Hemos recibido el don de la fe mediante la gracia de ser familia de Dios. Rescatados por Cristo del dominio de la ley, hemos pasado de ser siervos y esclavos del pecado a ser hijos de la gracia divina por medio del Espíritu.

• Hemos recibido la herencia de la dignidad humana y divina. Si la herencia del pecado es la división y la desintegración de la persona y de sus relaciones, la herencia de Cristo es la dignidad de ser herederos por voluntad de Dios. Nuestra herencia nos capacita para la unidad y la armonía en todas las dimensiones de la persona y en todas las relaciones que tenemos en la sociedad.

Compartir la fe es llevar paz y esperanza

• En cuanto la criatura oyó el saludo de María, saltó de gozo en el seno de su madre… como la Virgen María, nuestra presencia y nuestros saludos, nuestras palabras y nuestras acciones, deben transmitir una paz que produzca gozo espiritual y confianza en Dios; como diócesis, nuestras acciones pastorales son la manera en que llevamos paz y armonía a nuestras comunidades, bajo la guía del Espíritu, y con el compromiso fraterno de incluir a los alejados y vulnerables, para que en ellos también haya paz y armonía.

• El shalom —la paz contigo— de María a Isabel pudo hacer sentir la presencia del Señor… así nosotros, que hemos recibido la paz del Señor resucitado, también compartimos la experiencia de paz que procede de Dios.

Una Iglesia que canta las maravillas de Dios

• La Virgen responde con un cántico de alabanza al Padre, quien ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava, en el que reconoce que su alma se ensancha con el júbilo divino de sentirse bendecida y salvada por su Señor… así nosotros, que hemos recibido la gracia de ser familia de Dios, compartimos con los demás la invitación a pertenecer y colaborar en la Iglesia diocesana en el proyecto de salvación de Dios para nuestro pueblo.

Conclusión: Volver para seguir compartiendo la fe

• Gocemos de la bendición de Dios y del cariño de nuestra Señora de Guadalupe en esta peregrinación. Superando el egoísmo individualista, nos animamos mutuamente a compartir las bendiciones de Dios, dando gloria a su nombre y con un corazón lleno de júbilo en el Señor.

• Como María seamos Iglesia de la alabanza y de la solidaridad con el prójimo. Alabemos al Señor, que juzga al mundo con justicia, que con equidad y justicia rige a nuestra familia diocesana y a todas las naciones. Seamos congruentes en nuestra vida cristiana con el espíritu que nos hace familia de Dios para servir a los demás, en sinodalidad, es decir, en comunión fraterna, participación responsable y misión para edificar el Reino de Dios.

• Como María seamos Iglesia que abre su corazón a la voluntad de Dios y se deja guiar por su Espíritu. Nuestra peregrinación no termina aquí; hay que regresar a nuestra diócesis, a nuestras comunidades, a nuestras casas, con un corazón y un espíritu nuevos, con el deseo de seguir recibiendo la fe y con el compromiso de compartirla con las generaciones futuras.

Que este encuentro con María de Guadalupe y entre nosotros nos motive a seguir edificando una comunidad de fe sólida y esperanza alegre, con una caridad que nos lleve a colaborar en la extensión del Reino de Dios en nuestra sociedad para dar frutos de verdad y justicia, de fraternidad y paz.