Inicio La voz del Obispo Año jubilar que me permitió crecer en mi experiencia de peregrino de...

Año jubilar que me permitió crecer en mi experiencia de peregrino de esperanza.

Homilía en la Celebración del 5° Aniversario de caminar pastoreando la Diócesis de Saltillo

Homilía en la Celebración del 5° Aniversario de caminar pastoreando la Diócesis de Saltillo

Pues gracias por estar aquí, hermanos sacerdotes, diáconos, vida religiosa, laicos comprometidos, hermanos y hermanas del santo Pueblo de Dios que peregrinamos juntos en esta diócesis de Saltillo.

Para mí, es un honor estar con ustedes sirviéndoles como obispo y ha sido una gran bendición estos cinco años con ustedes, “yo sí estoy feliz”. Tal vez ustedes dicen: perdona a tu pueblo Señor… hasta cuándo te apiadarás de nosotros, pero sí yo le quiero dar gracias a Dios hoy como todos ustedes que cuando cumplen años, un aniversario de bodas o un aniversario de algún proyecto que tienen y que dice, pues vamos a darle gracias a Dios porque nos ha acompañado, nos ha bendecido y yo sí estoy muy agradecido.

Ya les decía la semana pasada que este último año con ustedes fue un año jubilar que me permitió crecer en mi experiencia de peregrino de esperanza. Aquí hay muchos peregrinos que nos la pasamos bastante bien, sabiéndome muy amado por Dios, muy amado por ustedes, esta comunidad diocesana de Saltillo. Y pues ha sido un año jubilar que empecé hace un año con los 10 años de obispo, luego 60 de edad, luego 30 de sacerdote y ahora 5 de estar con ustedes entonces “multijubilar” en todas las dimensiones de mi vida y de mi ministerio.

He crecido en esta esperanza que le pedí a Dios. Sabiéndome pues así querido, valorado, amado por Dios y por ustedes,

He tenido la oportunidad de renovar mi identidad de hijo de Dios, como todos lo estamos haciendo en la diócesis como parte de nuestro proyecto pastoral y también como sacerdote del Señor. Ha sido un año, estos cinco años y en especial este año pasado, este oasis espiritual, les decía con este abundante cariño fraterno de todos ustedes como amigos, como hermanos, como hermanas, como agentes de pastoral, esto me ayuda a seguir madurando mi vocación humana, sacerdotal y en el servicio episcopal.

El lema que he elegido para mi servicio episcopal ya lo saben, Sirvamos al Señor con alegría. Y le doy gracias a Dios porque sigue siendo esta experiencia de salvación en mi historia, sigue siendo la motivación en el ministerio presente, aunque a veces hay cansancio, limitaciones, aunque a veces pudiera alguien pensar no, hay muchas cosas para estar alegre, el Señor me ha permitido experimentarlo y quiero que siga siendo el proyecto de vida humana, cristiana y sacerdotal episcopal para el futuro.

Quiero asumir las lecturas de este jueves ordinario porque siempre la palabra de Dios nos puede iluminar en algo para seguir creciendo y madurando. En la primera lectura, las promesas de Dios para David y su pueblo, pues reflejan su misericordia y fidelidad. Y creo que también nosotros, si nos ponemos en el papel de David, un servidor como pastor, ustedes como pueblo, pues deseamos vivirlas en nuestra diócesis. Asumo con gozo y piedad, esta misma pregunta de David ¿Quién soy yo, Señor?, y ¿qué es mi casa, mi diócesis, a la que pertenezco y a la que sirvo para que me hayas favorecido tanto hasta el presente? Creo que todos podemos decir eso en la propia vocación y en el propio desarrollo de su vida. ¿Quiénes somos para Dios que tanto nos quiere?, pues somos sus hijos muy amados. Yo agradezco al Señor esta alianza fiel y permanente, habla de esta permanencia de esta casa que permanece, a pesar de los altibajos, a pesar de infidelidades, cansancios, indiferencias, pero también con el gozo pues de entregarnos al Señor. Una alianza que es compasiva y a la vez exigente. Hay que pertenecerle al Señor, no es una pertenencia nada más de vez en cuando o cuando traemos ganas, siempre somos de Él.

Yo quiero que sigamos caminando juntos, que permanezcamos en esta presencia de Dios y sea Él, quien siga edificando su casa en nuestra diócesis de Saltillo. Yo también he experimentado, me imagino que ustedes también, a veces la limitación, el cansancio, la ineptitud, la inseguridad, el miedo, o el acomodarnos, el instalarnos y decir ya es suficiente, ya con esto basta. Pero me doy cuenta, que el Señor siempre nos estira un poquito más, nos empuja un poquito paz, no permite que, como decimos, nos echemos, ¿Verdad? Sino que sigamos adelante, que sigamos caminando y que sea Él el que vaya construyendo esta casa de nuestra diócesis Saltillo.

Foto EL Heraldo de Saltillo

Pido como David que el Señor nos bendiga y que nosotros seamos personas benditas en medio de nuestra sociedad. Si algo se nos reclama o si algo se espera, de los que estamos dentro de la Iglesia: activos, participativos, comprometidos, pues es esa bendición, que seamos ocasión de bendecir a los demás, que quien se encuentre con nosotros se sienta bendecido, y para mí esa presencia aquí con ustedes así ha sido. Ustedes me bendicen y yo también busco bendecirlos.

El Salmo pues una invitación a renovar nuestro compromiso, nuestro compromiso con el Señor y con el pueblo de Dios.Cada quien se acuerda su vocación, un servidor en primer lugar como obispo, pero los sacerdotes, los diáconos, todos los que estamos aquí, que de alguna manera servimos al Señor en la Iglesia, yo los quiero invitar a que sigamos trabajando. Yo quiero seguir trabajando para hacer una morada digna de Dios, edificando su reino en medio de nuestra sociedad. Que quien nos conozca, como les decía, se anime a ser parte de esta casa, quiera vivir con nosotros, quiera estar con nosotros.

Hoy habla el salmo de un trono para David. Yo no quiero buscar, y no busquemos hermanos, sacerdotes, laicos, religiosas, tronos para reinar según los criterios del mundo. No pretendo que esa sede episcopal signifique, aunque está en alto y lejos, pues sea eso una superioridad o una parte, sino que busquemos ese trono de donde podemos servir mejor, que es la cruz de Cristo, imitando a Jesús siervo, que se abaja, que se pone al servicio, que renuncia, ser Maestro y Señor para ser siervo de todos nosotros.

Y en el Evangelio, pues siento este llamado a ser luz para iluminar en la Iglesia y en el mundo, y quisiera que lo hiciéramos juntos. No se trata del obispo Hilario o del padre Fulano, de la madre Fulana o de los laicos Fulano y Mangano, de tal equipo, de tal grupo, de tal pastoral. Si iluminamos, si somos luz, somos para transmitir, somos velas encendidas en la experiencia de Dios, pero estamos puestas en un candelero, no somos linternas o velas aparte, individualistas. Ojalá que nunca se diga qué bien el Padre o qué bien el Obispo, que bien Fulano, Mangano, que viene este grupo, pero la Iglesia, que mal está. Sino que cuando se nos vea actuar, servir, ayudar, evangelizar, qué Padre que la Iglesia católica está iluminando, que ese candelero tiene velas encendidas; y esas velas encendidas somos todos nosotros. Y no nos apartemos y no vivamos cada quien, en su mundo, sirviendo, sí, tal vez y echándole muchas ganas, pero no de manera fragmentada, no de manera individualista, que como ese candelero podamos acompañar y orientar hacia el encuentro con Dios. Me recuerdo esta parábola de las vírgenes prudentes, que tenían su vela encendida y que se esperaba que llegara el cortejo nupcial y se ilumina para que los otros lleguen, se ilumina para que los otros se encuentren. Y ojalá que también nosotros salgamos a la puerta, salgamos a la vera del camino para luz en alto, podamos conducir, acompañar a más personas a que se encuentren con Jesús. No es mi velita para mí, no es para que yo no me caiga, me tropiece o para yo estar seguro. Si es, para iluminar a más personas que se sientan parte de nosotros. Es lo que le pido al Señor para mí, para ustedes, para toda nuestra Iglesia.

Jesús habla de una medida y hemos de ser medidas. Esta medida fina, accesible, esta medida que es justa y compasiva en el trato entre nosotros y también en el trato con los que aún no se sienten parte de nuestra comunidad. Esta medida que es la gracia de Dios. Yo recuerdo aquellas medidas, los que somos de parchís para atrás, ¿Verdad? Que íbamos a comprar o nos mandaba la abuela todavía a comprar un 20 de comino o un kilo de frijol y que íbamos al abarrote de la esquina y sacaba el cucharón, Verdad don Jorge o doña y nos llenaba la medida exacta, fina, limpia, no huachicoleada, no mezclada con algo, no bautizada si era leche o si era aceite, no disminuida.  

Ojalá que nosotros seamos una buena medida de esa gracia de Dios para los demás, que no seamos “huachicoleros” de Dios, de la gracia de Dios, que no transemos con lo que somos y hacemos en la Iglesia, sino que ofrezcamos a los demás en el trato, en el servicio, esta medida fina, esta medida compasiva, pero también esta medida justa.

Y finalmente, al que mucho se le da, pues mucho se le pide y se le seguirá dando y al que no lo aprovecha, termina por perderlo. Para mí es una advertencia para un servidor como obispo, pero lo comparto con ustedes.

  • Hemos de cultivar los dones que se nos han dado, hemos de también cultivar las gracias que nos bendicen y que son para compartir con los demás.
  • Hemos de compartir y también cultivar este ministerio ordenado, ministerio laical, ministerio de la Vida consagrado que se nos ha confiado para hacer el bien como Jesús lo hace, con la medida de Jesús.
  • Que no nos hagamos menos unos a otros, porque no tenemos las mismas gracias o dones o ministerio, sino al contrario, que sepamos sumar las fuerzas, cada quien, de acuerdo a su misión, a su identidad, a su vocación dentro de la Iglesia.

Creo que desde el punto de vista pastoral, todavía nos falta mucho, es cierto, pero creo que vamos avanzando, no “a pasos de gigante”, porque es de acá enfrente la frase, pero si vamos a pasito “gallo-gallina”, pero bien hechos, bien hechos, verdad. Creo que este Plan Diocesano Pastoral sigue siendo este sueño comunitario que deseamos alcanzar, esta luz, este candelero que guía nuestros esfuerzos pastorales. Y el esfuerzo pide dos cosas, pide pues este entusiasmo y pide perseverancia, pide fuerza.

A veces nos cansamos, no tenemos fuerzas, a veces perdemos el entusiasmo, porque tal vez no hay respuestas como queremos. Pues esforzarse significa eso: recuperar el entusiasmo y recuperar la fuerza para poder seguir caminando, para seguir adelante.

Yo los invito a que quitando un lado, asumiéndolo, sí, porque podemos experimentar esas situaciones, pero veamos hacia adelante, sigamos poniendo lo mejor de nuestra parte en continuidad, en armonía pues con lo que la Iglesia va viviendo, el Sínodo, el PGP, nuestra Iglesia, esta valoración de nuestra dignidad personal, de nuestra dignidad filial cristiana, este deseo de establecer entre nosotros estos lazos fraternos, estos vínculos de hermandad.

Creo que, si nosotros seguimos poniendo este empeño, este esfuerzo, el Señor no se va a dejar ganar en generosidad. Vamos a ir viendo, y creo que lo hemos estado viendo, al menos un servidor así lo nota, que vamos anunciando, construyendo esta dignidad humana, que nos vamos comprometiendo poco a poco, un poquito más en estas causas de la sociedad, de la pastoral evangelizadora y catequética, de la pastoral litúrgica, de la familia, de los laicos, de los jóvenes, de los enfermos, de los adultos mayores.

Creo que vamos respondiendo de la mejor manera. Siempre con este horizonte de ser dóciles al que el Señor nos pide. Que sigamos siendo esta Iglesia, Pueblo de Dios a la que aspiramos al final, pero que ya vamos logrando algunos rasgos. Que no dejemos de ser misioneros, evangelizadores como Jesús lo quiere que seamos, no solamente Semana Santa o Navidad, o algunos momentos o en algunos lugares específicos, sino en toda nuestra vida.

Que sigamos presentando esta cara de Cristo en comunión, en participación y pues obviamente motivados por la misión. Muchas gracias por su apoyo, su cariño, por recibirme, por permitirme ser parte de esta familia diocesana de Saltillo y bueno pues que sigamos echándole ganas lo mejor posible. Gracias, que Dios los bendiga.