Con palabras nacidas del corazón de un pastor, Monseñor Miguel Ángel Alba Díaz se despedía de su ministerio episcopal el pasado 27 de enero de 2026. Una semana después, Dios le concede el descanso prometido a quienes han combatido el buen combate y han conservado la fe. Sus palabras, sencillas y luminosas, resonaron con fuerza entre los fieles que lo acompañaron en ese momento significativo, convirtiéndose en testamento espiritual de un pastor cercano, agradecido y confiado en Dios.
“He procurado dar mi mejor batalla, he llegado al final de mi camino, he conservado y sigo conservando y conservaré siempre la fe en ustedes como Iglesia, en Dios, en Jesucristo, en la persona del Santo Padre, en la persona de mis hermanos obispos, en todos ellos. Así que pues bendito sea Dios, me encomiendo su oración. Es una despedida muy curiosa, porque otras veces que me he despedido, pues me he desplazado, me he ido de una parroquia al seminario, del seminario a. A Oaxaca, y de Oaxaca a La Paz. Ahora no hay desplazamiento, simplemente hay cambio de actividad, pero es una despedida especial porque ya no me encarga ningún ministerio, lo cual es muy bueno. Les prometo que me voy a portar bien, no vayan a creer que voy a usar mal el tiempo, pero sí tiempo para leer, para meditar, para muchas cosas que a veces el ministerio nos impide hacer. Sigo estando a sus órdenes donde mismo, donde vivo ahorita, después de dejarle la casa episcopal a don Miguel Ángel, sabiendo que él iba a ser mi sucesor. Así que ahí estaré a sus órdenes”.(Monseñor Miguel Ángel Alba Díaz, enero 27 de 2026)
Originario de la Arquidiócesis de Monterrey, el entonces Padre Miguel Ángel Alba Díaz fue nombrado obispo en 1995 por Juan Pablo II y enviado a la Arquidiócesis de Oaxaca, donde dejó una huella profunda por su cercanía con las comunidades, incluso aquellas de difícil acceso. A caballo o a pie, su presencia pastoral fue signo de una Iglesia que camina con su pueblo.
En 1997, su voz quedó también plasmada en el Sínodo de los Obispos para América, aportando su experiencia y visión al caminar de la Iglesia en el continente.
Apenas iniciado el nuevo milenio, en el año 2001, fue enviado por San Juan Pablo II a la Diócesis de La Paz, donde desarrolló un fecundo ministerio marcado por la cercanía con los sacerdotes, el impulso decidido a la pastoral vocacional y la fundación del seminario diocesano. La palabra “cercanía” se convirtió en sello distintivo de su servicio episcopal.
El pasado 27 de enero, al cumplir 75 años de vida, rodeado del cariño de los fieles de su amada diócesis, entregó el báculo a su sucesor canónico, Monseñor Miguel Ángel Espinosa Garza, en un gesto lleno de fe, obediencia y esperanza.
Al recordar su vida y ministerio, su sucesor expresó con gratitud:

“Damos gracias a Dios por el don de su vida, por su generoso ministerio episcopal y por el testimonio de fe, entrega y servicio que ofreció a la Iglesia a lo largo de su caminar pastoral. Confiamos su alma al Señor de la vida, a quien sirvió con fidelidad, y lo encomendamos a la intercesión de la Santísima Virgen María.”
La Iglesia agradece hoy el testimonio de un pastor que supo gastar su vida por el Evangelio, y eleva su oración confiada, sabiendo que quien sirvió con amor al Pueblo de Dios, descansa ahora en las manos del Buen Pastor.




































