
Mensaje semanal a la comunidad – 15 de febrero de 2026
6º DOMINGO ORDINARIO – PREDICAMOS LA SABIDURÍA QUE PROCEDE DE DIOS
La enseñanza de Jesús nos capacita para aplicar en nuestra vida la sabiduría que procede de Dios y que nos lleva a vivir en plenitud como personas y en fidelidad con nuestra vocación a ser familia de Dios. El fruto de esta sabiduría es la experiencia interior de la inhabitación de Dios y la voluntad de vivir con rectitud y sinceridad de corazón.
¿Quién no desea vivir en plenitud? ¿Quién no anhela tener acceso a la sabiduría de vida para tener paz y dicha? La búsqueda de la felicidad plena y estable es parte de nuestra existencia y nuestro corazón, parafraseando a San Agustín, está hecho para Dios y está inquieto hasta que descanse en Él. En Dios tenemos la paz confiable y el propósito de vida dichoso.
Desde este presupuesto es que nos preguntamos sobre la voluntad de Dios y la razón de ser de sus mandamientos. Dios quiere que gocemos de su bondadosa presencia, que tengamos acceso a la verdad que nos guíe, que alcancemos la justicia y vivamos en armonía.
Sus mandamientos expresan esta voluntad y dichoso quien sepa cumplirlos motivado por el mismo amor que procede de Dios.
La lectura de Sirácide (o Eclesiástico) nos habla de esta sabia voluntad del Señor. Sus mandamientos son una propuesta de salvación, que integra a la persona y la libera de ataduras que impiden su desarrollo pleno. La clave está en saber unir nuestra voluntad humana a la voluntad del Señor. Si tú lo quieres, puedes guardar los mandamientos y permanecer fiel a ellos. Es algo que hemos de escoger y asumir con libre responsabilidad.
Dichoso el que cumple la voluntad del Señor. A las Bienaventuranzas que ya hemos aprendido y con las que deseamos configurarnos, pues es el auténtico perfil del cristiano, se añade esta bienaventuranza: Dichoso el hombre de conducta intachable, que cumple la ley del Señor, que es fiel a sus enseñanzas. Esta dicha está en el corazón, pues allí buscamos a Dios, allí nos encontramos con Él, y allí es donde guardamos su voluntad para meditarla y vivirla.
Pablo nos anima a ser adultos en la fe, destinatarios de la sabiduría divina y misteriosa, superior a la humana y prevista para conducirnos a la gloria de Dios. Una sabiduría preparada por el Señor para los que lo aman de corazón, una sabiduría que trasciende los sentidos, la imaginación y la mente del ser humano, y que es revelada por el Espíritu, quien conoce perfectamente todo, hasta lo más profundo de Dios. Sin la acción del Espíritu en nuestro corazón, y sin el amor fiel y dócil a Dios de nuestra parte, difícilmente podemos acceder a su sabiduría.
En el Evangelio nos amplía el cumplimiento de los mandamientos. No basta reducirnos al mínimo ético de “no hagas” para que no peques, sino que nos invita a evitar lo que nos daña, denigra y pervierte, y hace daño, denigra y pervierte a los demás, en el campo de los valores del Reino: vida digna, pureza de corazón, piedad verdadera, justicia y honestidad en las relaciones con los demás, rectitud de palabra y de obra. Esto hemos de predicar y vivir.






































