Mensaje semanal a la comunidad – 22 de febrero de 2026
1er DOMINGO DE CUARESMA – EN VERDAD SOMOS HIJOS DE DIOS
En este 1er Domingo de Cuaresma el Señor Jesús es tentado en lo más esencial e íntimo: su identidad de Hijo de Dios (Si eres el Hijo de Dios). En este domingo aprendemos de Jesús que lo verdadero y genuino de nuestra persona no son las cualidades y potencialidades, sino nuestra identidad de hijos de Dios, en quien tenemos nuestro vínculo más cierto y nuestra fuerza para vencer las tentaciones.
Y es que la virtud de una persona se consolida en medio de las tentaciones, y la esperanza en Dios crece con fuerza en medio de la adversidad. En verdad somos hijos de Dios, lo sentimos y lo asumimos con ánimo decidido, aunque el entorno nos parezca inhóspito y el enemigo nos seduzca con promesas de divinización al margen del Señor.
En la espiritualidad cristiana, el desierto es el lugar de la prueba de fe y donde las tentaciones salen a relucir cuando se experimenta una necesidad. También, el desierto es el lugar de purificación de las intenciones del corazón, donde la esperanza puede mantenerse viva y entusiasta, pues allí el Señor sale al encuentro para que no nos demos por vencidos. El desierto es el hábitat de las fieras y de los demonios, que amenazan la vida y pervierten a la persona, pero también es ocasión para enamorarse más de Dios superando las pruebas.
El relato del Génesis nos recuerda que el enemigo, bajo la forma de serpiente, la cual habita ordinariamente en el desierto, pero que se ha “colado” en el jardín de Dios para tentar al ser humano, seduce con “medias verdades” que se relacionan con sus aspiraciones de grandeza. Se les abrirán los ojos y serán como Dios es la trampa: es cierto, anhelamos (“nos apetece”) saber todo y poder todo, pero la propuesta del enemigo es al margen de Dios, incluso en competencia con Dios. La verdad es que estamos llamados a ser hijos de Dios, a conocerlo y amarlo, y unidos a Él, tener el saber y el poder de vivir participando de su vida.
Se les abrieron los ojos a los dos y se dieron cuenta de que estaban desnudos. Es el resultado de aspirar a la propia divinidad sin relación con el Dios verdadero. Nos damos cuenta de que somos precarios, limitados y frágiles, nos frustramos y buscamos cubrir nuestra vergüenza. El pecado nos aparta de Dios y nos encierra en nuestra indignidad (perdemos la fe), nos desanima (perdemos la esperanza), y nos enoja (perdemos la caridad).
Jesús nos enseña a no dudar de que en verdad somos hijos de Dios, que en Él tenemos el pan de vida que nos nutre, que unidos a Él estamos en manos de Dios, y que no debemos postrarnos ante quienes buscan pervertir nuestra filiación divina. Muy necesario el dejarnos conducir por el Espíritu Santo para que superemos, en los “desiertos” de cada día, las tentaciones de renunciar, o renegar, de nuestra condición de hijos de Dios.
En Jesucristo tenemos al Hijo de Dios que se ha hecho humano para acompañarnos con su gracia en nuestra lucha en las tentaciones, borrar el pecado que nos trae perversión y muerte, darnos el don de su justicia para tener vida abundante, y así tener la sabiduría y el poder que proceden de lo alto y que nos hacen en verdad hijos amados de Dios.







































