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La Diócesis de Saltillo celebra la ordenación diaconal de Axel Jaret Hernández y Luis Manuel Galindo

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La Diócesis de Saltillo celebró la ordenación diaconal de Axel Jaret Hernández Torres y Luis Manuel Galindo Hernández, quienes recibieron este ministerio de manos de Mons. Hilario González García en la Catedral de Santiago Apóstol.

SALTILLO, COAH.- La Diócesis de Saltillo vivió un momento de profunda alegría y esperanza el pasado 21 de agosto de 2026, con la ordenación diaconal de Axel Jaret Hernández Torres y Luis Manuel Galindo Hernández, quienes respondieron públicamente al llamado de Dios para continuar su camino de entrega y servicio a la Iglesia.

La celebración tuvo lugar en la Catedral de Santiago Apóstol, donde familiares, sacerdotes, seminaristas, amigos y miembros de distintas comunidades se congregaron para acompañar a los nuevos diáconos en uno de los momentos más importantes de su camino vocacional.

La Santa Misa fue presidida por el obispo de Saltillo, Mons. Hilario González García, quien recordó a los ordenandos que el ministerio recibido encuentra su sentido más profundo en el servicio a Dios, a la Iglesia y a los hermanos.

Con la ordenación, Axel Jaret y Luis Manuel dejaron atrás su condición de seminaristas para incorporarse al orden de los diáconos, dando así un paso decisivo en su preparación hacia el ministerio sacerdotal.

Llamados para servir

Durante la celebración, ambos candidatos manifestaron públicamente su disposición para asumir las responsabilidades propias del ministerio que les sería confiado.

Entre los compromisos expresados se encuentran la obediencia a la Iglesia y a su obispo, así como vivir el celibato como signo de su consagración y entrega al servicio del Pueblo de Dios.

Uno de los momentos más significativos de la ceremonia llegó cuando Axel Jaret y Luis Manuel se postraron rostro en tierra frente al altar, mientras la asamblea permanecía en oración y se entonaban las Letanías de los Santos.

La Iglesia peregrina invocó entonces la intercesión de quienes nos han precedido en la fe, pidiendo por los dos jóvenes y por la misión que estaban a punto de recibir.

Posteriormente, mediante la imposición de manos del obispo y la oración de ordenación, recibieron el Orden del Diaconado.

El diaconado: un ministerio de servicio

La palabra “diácono” remite precisamente al servicio.

A partir de su ordenación, Axel Jaret y Luis Manuel podrán colaborar de una manera nueva y más cercana con el obispo, los sacerdotes y las comunidades de la Diócesis de Saltillo.

Como diáconos podrán proclamar el Evangelio y predicar la Palabra de Dios, asistir al obispo y a los presbíteros en la celebración de la Eucaristía, administrar solemnemente el Bautismo, asistir y bendecir matrimonios en nombre de la Iglesia, llevar el Viático a los moribundos y presidir exequias, entre otros servicios propios de su ministerio.

Sin embargo, más allá de las funciones litúrgicas, la identidad del diácono encuentra su raíz en el ejemplo de Jesucristo servidor, que no vino a ser servido sino a servir.

Por ello, la ordenación no representa solamente la recepción de nuevas facultades ministeriales, sino una llamada a configurar toda la vida desde la disponibilidad, la caridad y el servicio.

Una Iglesia que sigue dando frutos

Para la Diócesis de Saltillo, esta celebración se convierte también en una oportunidad para dar gracias a Dios por las vocaciones que continúan surgiendo en sus comunidades.

Detrás de cada ordenación existe un largo camino de discernimiento y formación, acompañado por las familias, parroquias, sacerdotes, formadores y comunidades que oran por las vocaciones y ayudan a los jóvenes a descubrir el llamado de Dios.

La ordenación de Axel Jaret Hernández Torres y Luis Manuel Galindo Hernández es signo de que la semilla vocacional continúa dando frutos y, al mismo tiempo, una invitación para que otros jóvenes se pregunten con libertad y generosidad qué quiere Dios de sus vidas.

Ahora comienza para los dos nuevos diáconos una nueva etapa.

Una etapa que los acerca al sacerdocio, pero que, sobre todo, les recuerda desde este momento cuál deberá ser siempre el corazón de cualquier ministerio en la Iglesia:

servir a Dios sirviendo a los hermanos.